viernes, 7 de junio de 2019

LA PLAZUELA BEJARANA



LA PLAZUELA DE GÓMEZ RODULFO. BÉJAR

Mi amigo y admirado articulista chileno Jorge Zúñiga Rodríguez me ha “insinuado” “en este medio obtener fotos y la historia de la Plaza Gómez-Rodulfo en Béjar”.

         Lo de las fotos no tiene mayor problema, aunque no es fácil obtenerlas porque las calles desde las que se pueden hacer son muy estrechas, pero para eso tenemos a las “nuevas tecnologías” que nos lo resuelven.

         Otra cosa es la historia. Para eso tendría que pedir ayuda a Carmen Cascón, historiadora de pro y a Javier R. Sánchez, que suele hacer recorridos informativos por calles y plazas. Además, creo que vivió de pequeño en esta plaza o cerca de ella. También nos podría informar Óscar Rivadeneyra que, si no lo ha plasmado en alguna acuarela o en algún óleo, seguro que sí lo ha hecho, y muchas veces, en algunos de los muchos planos turísticos que ha dibujado de Béjar y sus alrededores.

         Mi conocimiento llega hasta la infancia, cuando la llamábamos Plazuela del Solano. Hasta muy entrado en años, creo que estudiando en la Escuela de Peritos Industriales, hoy Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Béjar, de la que precisamente es Director Javier R. Sánchez, no caí en la cuenta de que había dos placas con el nombre de “Plazuela de Gómez Rodulfo” sin guión entre los apellidos. La verdad es que conocíamos los nombres de las calles porque las habíamos oído nombrar, pero hasta muy tarde yo y otros muchos como yo, no tuvimos la ocurrencia de mirar los letreros. Era un acto de fe.

         Y muchas calles y plazas se nombraban y se siguen nombrando como se llamaban antiguamente. La Carrera, la Corredera, la Puerta de la Villa, el Cerradillo, Campo Pardo…

         Lo del Solano le viene porque está en la vertiente solana del cerro en el que se apoya Béjar. El sol le da, pero bien, en verano, cuando los rayos de Lorenzo caen en vertical. No así en el invierno, cuando la sombra de la casa de los Olleros hace de la calle Mayor de Sánchez-Ocaña y parte de la plazuela, una nevera.




Calle Mayor de Sánchez-Ocaña y la plazuela de Gómez Rodulfo a la derecha con la casa de D. Juan Muñoz.





Plazuela del Solano vista desde la calle Solano, con la casa de los Olleros al fondo derecha.





Una vista de la plazuela desde la calle Sánchez-Ocaña hecha con máquina fotográfica.



  
Y otra vista similar sacada de Google Maps.




         A la izquierda, vista desde la calle Sánchez-Ocaña, se encuentra el caserón de D. Juan Muñoz García, que fue Cronista oficial de Béjar, a la vez que fabricante de tejidos para las Capas de Béjar, escritor de relatos y novelas relacionadas con Béjar y la Comarca, algunas deliciosas aunque poco conocidas, promotor del semanario Béjar en Madrid, presidente del Casino Obrero, financiador de excavaciones arqueológicas en la zona, padre y abuelo de una generación. En la fachada principal de esta casa, el Ayuntamiento colocó una placa que le recuerda.

         En la fachada lateral de la casa de D. Juan Muñoz, se encuentra una placa de mármol con el nombre de la plaza.









         Debajo de ella, con motivo de su remodelación el año 2002, un Consejero de Turismo e Industria de la Junta de Castilla y León quiso dejar constancia de su gran benevolencia con otra placa promocional, esta de cobre.









         El lateral derecho de la plazuela está ocupado por varios edificios. Entre ellos, el que hace esquina con la calle Sánchez-Ocaña, tiene un local comercial que ha pasado por diversas vicisitudes.








         Últimamente ha habido varios negocios: Electricidad Corredera, Boutique y Deportes Snow y, ahora, el Ayuntamiento lo quiere dedicar a la Casa del Artista.





El Alcalde, concejales y representantes artísticos con el fondo de lo que será La Casa del Artista.

         En esta fachada hay otra placa, más modestita, con el nombre de la plazuela.






         Pues bien, en nuestra infancia – juventud, recuerdo, ayudado por la familia, que en esta esquina había una tienda de Ultramarinos, la del Sr. Máximo (Máximo Garrudo) de estilo tradicional de la época: sin escaparates, con la zona de público rodeada de sacos de productos a granel, garbanzos, alubias, pimentón, etc, mostrador corrido de madera sin barnizar la parte superior donde nuestras madres nos sentaban para que no enredáramos metiendo la mano en los sacos, papel de estraza para envolver (completamente ecológico), la pala para echar los productos en la balanza y el soniquete del Sr. Máximo al terminar cada pedido: ¿massss…?

         Me recuerda mi hermana Carmen que iban todos los días a comprar los cien gramos de jamón  para la cena de nuestro padre. No sé si entonces se llevaba esta moda del jamón ibérico, de bellota, de recebo… creo que no. Habría de todo, como en botica. Entonces había dos refranes que definían cómo y cuándo se comía jamón:
         “El buen jamón, en tacos grandes.”
         “Cuando un pobre está comiendo jamón, uno de los dos está malo.”

         La plazuela es un trapezoide irregular de unos 295 m2, que linda en su cara norte con la calle Solano, en la sur con la calle Mayor de Sánchez-Ocaña, al este con edificios privados y al oeste con la casa solariega de D. Juan Muñoz García. En el año 2002 se la hizo una remodelación para peatonizarla, con fuente incluida, porque anteriormente servía de aparcamiento a una docena de coches. Lo bien que le venía a mi padre para aparcar el enorme Cadillac al lado de casa, y a mí, cuando venía a visitar a la familia. El Cadillac, de 32 CV, que consumía más de 20 litros de gasolina cada 100 km y que en Plasencia le llamaban “el coche de los toreros”.




 Mis padres en casa y yo de visita con mi Cuatro Latas (así llamábamos al Renault 4L).





         No tengo conocimiento de cuando ni por qué se hizo la Plazuela. Posiblemente sería un solar sin edificar, junto al que se construyeron las casas que lo delimitan. Como estas casas tienen ventanas hacia él, no se puede edificar hasta una distancia determinada, impidiendo construir un edificio razonable. Digo yo.

         Otra de las posibles razones la baso en una de “mis anécdotas” adjudicadas a Jerónimo Abdón:
         Según un artículo del Béjar en Madrid, que adjunto a continuación, el Ayuntamiento “acordó dar su nombre a la plazuela del Solano, frente a su casa, en testimonio de gratitud”.

         Como la casa de enfrente es la de los Olleros, pienso que él pretendió construir otra en el solar mencionado.

         Coincidió la obra con una época de crisis y, el tatarabuelo, intentó escatimar en los materiales y en los precios, con lo que la calidad de la obra se resintió considerablemente.

         Terminada la obra, un día de viento se vino abajo. Sentado Jerónimo Abdón sobre los cascotes, se le acercó un vecino que le preguntó:
-¿Se te ha caído la casa?
         A lo que le respondió:
         -¡No! La he desarmado para limpiarla ¡Listo!

         Retirados los cascotes, aprovecharon para crear la Plazuela.




 Jerónimo Abdón entre cascotes, con un vecino.




         Siguiendo con la investigación, he intentado relacionar sus dimensiones con algún tipo de Número Irracional y solamente he visto alguna aproximación con el Número Áureo, representado por F.

         Hechas las mediciones en la Plaza, sin calles y con calles, no he conseguido relacionarlas con ningún número esotérico para justificar la intervención divina, extraterrestre o, por lo menos, masónica, pero, nada.








         El Número Áureo, relación entre los lados de un rectángulo áureo, tiene un valor de F = 1,61803…
(Para conocer qué es el número áureo:
 https://www.youtube.com/watch?v=2WZmUvamnPU)

         Tampoco me coincide su orientación con Equinocios ni Solsticios, porque tiene una variación de entre 5º y 8º hacia el Este.

         Como digo antes, aunque no está documentada (o la desconozco) la razón de su construcción, sí lo está la razón de que se llame en la actualidad Plazuela de Gómez Rodulfo en lugar de Plazuela del Solano:

         El 18 de Mayo de 1922, el semanario Béjar en Madrid publicó un artículo que debió de ser editorial, porque no figura el autor, en el que se dan datos y detalles de Jerónimo Abdón Gómez Rodulfo y de las demás personas que trabajaron porque llegara el Ferrocarril a Béjar.
         En él figura la frase que he citado anteriormente.

         El artículo me lo hizo llegar Carmen Cascón Matas para mi consumo particular y me ha autorizado a publicarlo María Jesús de Santa Martina, directora del semanario actualmente, a las que agradezco desde aquí su colaboración.



BÉJAR EN MADRID               18 de mayo de 1922

DON JERÓNIMO GÓMEZ-RODULFO
Datos biográficos y rasgos de su carácter

            Nació en plena sierra en 1810 (en el original). Cuantos excursionistas han subido a las lagunas o a Navamuño, han pasado junto a la cueva donde se refugió la familia de don Juan Gómez Rodulfo, huyendo como todo el vecindario de la invasión francesa y puede asegurarse que no ha habido una sola persona que no le haya dedicado un recuerdo al pasar.

            Mirad - es la expresión – en aquella gruta de la izquierda nació don Jerónimo Gómez – y señalan la oquedad natural que dejan unos enormes peñascos en medio de una explanada de suave declive, antesala de Navamuño, entre este y la empinada pendiente por donde el río comienza a bajar entre peñas y una vegetación lujuriosa.

            Don Juan Gómez Rodulfo, uno de los más importantes fabricantes de paños de Béjar en los primeros años del siglo XIX, tuvo tres hijos: Jerónimo, Ruperto, que casó con una señorita de Salamanca, doña Isabel Blanco, quienes dejaron recuerdo en la capital por la esplendidez de sus convites y la suntuosidad de las fiestas que celebraban en su casa, de cuyas reuniones tan sonadas guardarán recuerdo muchos bejaranos; y Juana, esposa de Valentín Rodríguez, madre de don Manuel, fallecido poco ha.

            Jerónimo, en los primeros años de su juventud, fue enviado por su padre a Coruña y Ferrol, donde hizo sus primeros estudios, y cuando estuvo en condiciones de ayudarle en la dirección de la fábrica, regresó a Béjar, donde compartió con él los trabajos propios de la industria de paños.

            Ya aquí, conoció a una de las hijas de don Julián Yagüe, persona de gran relieve de Plasencia, inmensamente rico, cuya casa solariega es la misma en que vive hoy doña Ramona Vera. Este señor compartía su vida entre Béjar y Plasencia, y en nuestra ciudad casó a sus hijas, (no tuvo varones), famosas todas por su gran belleza.

            Recordémoslas:
            Manuela, esposa de don Cipriano Rodríguez Arias. María, de don Nicolás Rodríguez Vidal. Ángela, de don Jerónimo Gómez Rodulfo. Rufina, esposa de don José López del Moral. Ana, de don Saturnino García Bajo. Dolores, de Juan Antonio López Manzanares y Felisa, de don Francisco Campo.

            El matrimonio de don Julián Yagüe es de los que más descendencia ha dejado en Béjar; si nuestros cálculos no son erróneos, ascienden a 249 los individuos que de él proceden, hasta el día de hoy. Puede decirse que entre él y don Anselmo Olleros, por su matrimonio con doña Petra Mansilla, han poblado medio Béjar.

            Casó don Jerónimo Gómez con doña Ángela Yagüe y de esta unión nacieron ocho hijos:
            Doña Mariana, esposa de don Esteban Anaya. Doña Carmen, de don Ramón Olleros. Don Juan.  Doña Ana, esposa de don Valeriano Rodríguez, Don Francisco. Don Jerónimo. Doña Felisa y doña Juana, casadas con dos hermanos, don Ramón y don Raimundo Faure, respectivamente.

            He aquí todo el siglo XIX. Para muchos estas genealogías serán nuevas; para otros serán reveladoras de parentescos ignorados entre personas conocidas; otros, tal vez por conocerlas, diputen innecesaria su consignación. No debe olvidarse que BÉJAR EN MADRID se propone dar a conocer a un bejarano, de modo tal, como si fuese contemporáneo nuestro.
            Sigamos.

            En aquellos tiempos, la falta de comunicaciones hacía muy penoso el tráfico y los fabricantes de paños tenían que vencer grandes dificultades para exportar sus géneros, salvando los obstáculos con la actividad y entusiasmo de aquella época, algo difícil de comprender hoy por nosotros, que los adelantos de la civilización nos facilitan todo, sin preocupaciones ni dispendios tan enormes como en el primer tercio del siglo pasado, que no había más medio de transporte que el caballo y la mula.

            Emociona a todo buen bejarano el pensar en nuestros abuelos y suponerlos saliendo de Béjar, a caballo, envueltos en sus capas de paño, que cubrían también la cabalgadura, precedidos de las mulas donde llevaban las piezas de género ir a las ferias de las capitales próximas y remotas difundiendo el paño de Béjar, sin igual en el mercado, y regresar a su casa con la bolsa de seda llena de monedas de oro y unos aderezos y otras joyas de la época para regalar a su mujer y a sus hijas. ¿Quién no tiene en su familia un ascendiente que no haya hecho estos viajes?

            Pues así estableció y conservó el tráfico con Galicia don Jerónimo Gómez Rodulfo, región a la que conocía bastante y en la que tenía muchos y muy buenos clientes.

            Hacía viajes periódicos a Coruña, a donde mandaba con antelación unos criados con el género. Para facilitarse mutuamente las ventajas de la asociación, se unían con mucha frecuencia varios fabricantes para remitir juntos los paños y para viajar también juntos, precaución que no estaba de más por tener que caminar de día y de noche, pernoctar en posadas y paradores con toda clase de gentes, y en fin, defenderse entre sí de cualquier adversidad. Gómez Rodulfo se asoció con sus cuñados don Nicolás Rodríguez y don Cipriano Arias para estos viajes y debido a esa confraternidad establecieron en Madrid el primer depósito de paños de Béjar, en la plaza del Ángel, bajo la razón social “Arias, Rodríguez y Gómez Rodulfo”.

            Don Jerónimo fue siempre fabricante y educó a sus hijos en el amor a la industria, retirándose del negocio cuando estos pudieron sustituirle en la dirección de la fábrica.

            Era un hombre tan amante del prójimo y de sentimientos tan caritativos, que no negaba trabajo a nadie que se lo pedía, poniendo esta generosidad a sus hijos en el disgusto de tener que admitir a cuantos obreros y obreras iban a la fábrica mandados por su padre, porque ni trabajo ni local había para tanta gente como quería colocar.

            Su desahogada posición le permitió consagrar los últimos años de su vida al progreso y mejora de su pueblo.

            Fue el primer presidente de la Conferencia de caballeros de San Vicente de Paul, cargo que ocupó durante 29 años. También fue presidente de la Casa de Caridad y de otras asociaciones.

            Cuando estalló la revolución de Septiembre y la mayoría de los habitantes de Béjar huyeron en busca de la tranquilidad que en su pueblo no podían tener, el señor Gómez Rodulfo no quiso abandonarle porque en él se creía necesario y compartió las zozobras de aquellos días con todos sus paisanos y con su sobrino don Manuel Rodríguez, que como Jefe de la estación de Telégrafos, no podía abandonar su deber y su puesto, y aun puede que viva alguno que en aquella ocasión recibió de él elocuentes pruebas de cómo entendía su amor al prójimo.

            Don Jerónimo Gómez fue todo un carácter. Todos los rasgos de su vida están señalados con trazos vigorosos, y era respetado y venerado por todo Béjar, incluso por los que en ideología eran los antípodas de su modo de pensar.

            Pero si era como fabricante un celoso propagandista de la industria de Béjar, como padre un ejemplar compendio de virtudes cívicas y como bejarano un entusiasta de la prosperidad de su pueblo, aun sobresale más como hombre caritativo y amigo del pobre, sosteniendo y dando incremento a esa admirable sociedad de San Vicente, que iguala a los pobres y a los ricos y pone a prueba la virtud de las almas con las más sublimes humillaciones ante el dolor y la miseria de los despojos de la sociedad, que el mundo desprecia y los discípulos de San Vicente elevan sobre sus cabezas.

            Pero la vida pública de Gómez Rodulfo, lo que constituyó el triunfo de su perseverancia, lo que le ha inmortalizado en su pueblo y por lo que no debe olvidársele es por sus constantes y abnegados esfuerzos para dar a Béjar un ferrocarril.

            La junta gestora de tan importante asunto la presidía él y era secretario de la misma su hijo político don Esteban Anaya. Difícilmente podrían encontrase entonces dos temperamentos tan iguales, dos espíritus tan fogosos, dos trabajadores tan infatigables, dos personas tan optimistas ni que tan espontáneamente se hicieran cargo de su misión y con tanta constancia lucharan y batallaran hasta conseguir el objeto principal de su vida, pues en ambos llegó a ser la conquista de la vía férrea algo que estaba íntimamente unido a sus existencias y a su prestigio.

            Los vocales de la Junta del Ferrocarril eran también muy dignísimos señores que participaban del entusiasmo de su presidente y le alentaban y sostenían en las vicisitudes porque pasaba el asunto, unas favorables, adversas otras.

            Don Jerónimo Gómez Rodulfo, desde Béjar, mantenía correspondencia copiosísima con técnicos y políticos españoles y franceses, ayudándole a esta labor cerca de los personajes de la Corte, otro gran bejarano que con Gómez Rodulfo comparte el honor y la gloria del ferrocarril. El Diputado a Cortes don Jerónimo Rodríguez Yagüe, quien por sus muchos conocimientos en la altas esferas políticas y financieras y especialmente por su íntima amistad con don Segismundo Moret, consiguió que se formara en París un Sindicato de capitalistas presidido por Mr. Varila, resolviendo de este modo el grave problema económico para la construcción de la vía férrea.

            La gran concepción de don Jerónimo Gómez Rodulfo, el ideal que perseguía era la transversal del Oeste de la península, que economizaría 18 horas en el trayecto de Cádiz a Coruña; línea que ha quedado interrumpida en Plasencia Empalme, cuyo trazado debía prolongarse a Trujillo y a buscar el enlace con la línea de Huelva.

            Los primeros trabajos de la línea férrea se llevaron a efecto por las divisiones presididas por don Carlos Verdugo y don Carlos Mondéjar, auxiliados grandemente por la Junta del Ferrocarril de Béjar, de la que era alma su presidente, quien había puesto su tranquilidad y su fortuna al servicio de tan importante empresa.

            El sitio que con gran tesón defendió nuestro biografiado para emplazar la estación del ferrocarril era el paseo de santa Ana, pero los ingenieros, en el estudio que hicieron del trazado de la línea no lo aceptaron porque hubiesen tenido que llevarla por Vallejera y hacer un viaducto de gran altura cerca de Ledrada para salvar los accidentes del terreno, optando por el trazado actual, cuyos túneles eran menos costosos.

            El día en que se recibió en Béjar la noticia de la concesión de la línea, todo el mundo se echó a la calle. La banda de música del regimiento de Mindanao, a la sazón de guarnición en nuestro pueblo, y la de don Domingo Guijo, recorrieron tocando animados pasodobles toda la población. La casa de Gómez Rodulfo se vio invadida por una muchedumbre que consumió las existencias de dulces y vinos; durante todo el día no cesaron de dispararse cohetes y bombas, agotándose también el depósito de Béjar y teniendo que pedir más por telégrafo a Salamanca. Fue un día de gran alegría para todos y especialmente para las tres personas que por sus cargos habían llevado el peso de la gestión y los trabajos: don Jerónimo Gómez Rodulfo, don Jerónimo Rodríguez Yagüe y don Esteban Anaya Sánchez Cerrudo.

            Poco después, el primero, con motivo de la boda de su hija Juana con Raimundo Faure, decía henchido de satisfacción, como quien ve recompensada su vida de abnegación y trabajo: - He casado a mi última hija. Solo me falta ver comenzar las obras del ferrocarril para morir tranquilo.

            Esta suprema aspiración de su espíritu no pudo verla realizada: cuatro meses antes de dar principio el tendido de la vía férrea, que con su tesón y constancia había conseguido traer por Béjar, moría, dejando a sus hijos una herencia mayor que la cuantiosa fortuna que dejó: el ejemplo de su bejaranismo y de su fé en el triunfo de todo lo que se emprende sin desmayos.

            Cuando don Jerónimo murió, todo Béjar lloró su muerte y su entierro fue algo que se sale de lo natural, pues no quedó vecino que no acompañase al cadáver del gran bejarano hasta el cementerio. Gómez Rodulfo asistió en vida a todos los entierros que conoció; aún se recuerda con cariño este rasgo de amor - uno más de los muchos que le adornaban – que ostentaba a diario. No se celebraba ningún sepelio de rico o de pobre al que no asistiese don Jerónimo y muchas veces se veía el paso de un féretro modestísimo por la calle de la Libertad abajo, seguido por tres o cuatro personas; una de ellas era Gómez Rodulfo. Embozado en su capa, estaba siempre a la puerta de su casa o asomado a la ventana del despacho; cuando veía pasar un entierro se iba tras él sin preguntar de quién era, y en el último al que acompañó, cogió una pulmonía que le llevó al sepulcro. Por eso cuando él falleció recibió su memoria, su cadáver y su familia el homenaje más sincero del pueblo, porque junto a sus restos se congregaron tantísimos padres, hijos y esposos que había recibido de él el consuelo de su presencia en caso igual y ahora le pagaban con lágrimas en los ojos, recordando en aquel señor que sin tener que ver nada con ellos la mayoría de las veces, le habían visto en su casa cuando la desgracia les visitaba y más se siente la soledad y el desamparo. Era el espíritu de San Vicente el que movía aquella alma noble a buscar el dolor y la pena y a querer como hijos suyos a todos los que sufrían.

            En 1894, el día en que llegó por primera vez a nuestra estación la locomotora, el Ayuntamiento de Béjar, haciéndose intérprete del sentir general, recordó que aquel adelanto y aquel progreso de Béjar se debía a don Jerónimo Gómez Rodulfo y acordó dar su nombre a la plazuela del Solano, frente a su casa, en testimonio de gratitud, cuyo acuerdo por iniciativa de BÉJAR EN MADRID - y este es un honor que nos enorgullece – ha cumplido el Ayuntamiento que terminó su mandato en el pasado Abril.

            Ese mismo día de la inauguración de la vía férrea, que se conserva en mi memoria indeleble a pesar de mis pocos años, me encontraba yo con mi familia en la hermosa galería de la casa de mi tío don Jerónimo Rodríguez, presenciando la llegada de la primera locomotora, adornada con el escudo de España e infinidad de banderas, ¡qué espectáculo!; las personas que estaban conmigo lloraban de emoción y de entre ellas surgió la voz de don Jorge Rodríguez Vidal, que decía a sus hermanas allí presentes: - Un sobrino mío ha traído la luz eléctrica; otro, el ferrocarril, ¡ya puedo morir tranquilo!

            Se refería a don Mariano Zúñiga y a don Jerónimo Rodríguez.

            Pues a todos ellos ha honrado Béjar como se merecían y este modesto periódico ha enaltecido, recordando sus virtudes y dándoles a conocer a la generación actual.

            Bejarano: cuando te asomes al balcón incomparable del Mediodía y dirijas la vista al paisaje encantador de nuestro pueblo y te detengas viendo llegar un tren, y le veas hundirse a los pies de Béjar, piensa que los ingenieros hicieron algo simbólico al trazarlo por este sitio: tal vez sin darse cuenta rindieron perpetuo homenaje de la materia al espíritu; y por eso, todos los días el ferrocarril se posterna a los pies del pueblo donde nacieron los insignes varones que con la fuerza de su voluntad le llevaron hasta allí; y al salir del túnel y cruzar el río silba la locomotora para que los restos de Gómez Rodulfo se conmuevan en su sepultura al llegar hasta él por la cuenca fabril el grito del silbato, que tanto ansió escuchar y que hoy le saluda como una esplendente realidad y tributa a su memoria el homenaje de su potencia convertida en humo saliendo del incensario de su chimenea.